Fernando Trujillo

Los bolos
En El Salvador, los “bolos” o borrachos de la calle son figuras que vemos ennuestro día a día, , pero que, de alguna manera, se mantienen invisibilizadas y continuamente estereotipadas bajo la figura de “el bolo de la calle”, sin tomar en cuenta las razones por las cuales estas personas han decidido (o se han visto
empujadas) a llevar buena parte de su vida en esta adicción, ya sea por motivos psicológicos, sociales o por el propio sistema que los marginó.
“SED”
Desde que era muy niño, tuve una cercanía con los borrachos: mi mamá tuvo una cantina, y todos los señores que llegaban a tomar, ahí me conocieron. Hoy en día, salgo a la calle y muchos aún me recuerdan y siempre me saludan.
Con esta exposición buscó que el centro de atención sean estas personas, —específicamente las de mi pueblo, San Juan Opico— y retratarlas en diferentes contextos: tanto aquellos llenos de alegría, música y amigos, como los tristes y melancólicos que también se encuentran en los bolos de mi pueblo.



In El Salvador, the “bolos”—street drunks—are everyday figures, often rendered invisible and reduced to stereotypes. Rarely do we consider the psychological, social, or systemic reasons that led them into addiction and marginalization.
Having grown up around them—my mother owned a cantina—I was shaped by their presence, and many still greet me on the streets of my hometown, San Juan Opico.
This exhibition turns the gaze toward them, portraying not only their moments of joy, music, and camaraderie, but also the sadness and melancholy that mark the lives of the bolos in my town.

Masculinidades y memorias.
Elena Salamanca
Consumo y masculinidades
La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó en 2018 que el consumo nocivo de alcohol mata a más de 3 millones de personas al año, en su mayoría hombres, es decir que
de 1 de cada 20 fallecimientos es causado por complicaciones o comorbilidades derivadas del consumo de alcohol. Según la OMS, el país que enfrenta más muertes causadas por
alcoholismo en América Latina es México. Estudios sostienen que el consumo de alcohol incrementó con la pandemia de Covid-19 desde el año 2020.{
El consumo del alcohol y la historia social tienen aún relaciones inexploradas o apuntadas
colateralmete en otros tipos de investigaciones Las Tiendas de raya que generaban el
circulo eterno de trabajo agrario-esclavitud-consumo de alcohol en las haciendas, desde el
siglo XVIII siguieron como modelo en fincas centroamercianas hasta el siglo XX.
El alcohol era presentado en la publicidad por división de género y clase, por lo general whisky para los hombres, vino para las mujeres. En la década de 1930, en Guatemala se
publicitaba la cerveza de malta, Moza, para bajar la leche de las madres lactantes. Tanto la malta como la cebada y cierto tiempo del alcohol se consideraban entonces como bebidas para la salud. Poco se escribía sobre el aguardienteextraído de caña que consumían las clases populares y trabajadoras.
Contemporáneo a este consumo, comenzaron las campañas antialcohólicas, positivistas e higienistas en América Latina. Y hace casi 100 años, en 1927, Alberto Masferrer publicó
su libro El dinero maldito. Por ese entonces, el ideal de masculinidad era la contraposición de Ariel y Calibán. Ariel, el gran personaje del modernismo, era un hombre ideal de alta
espiritualidad, una ruptura ilustrada -pero también espiritual.

Calibán era el bárbaro. Calibán, como el bárbaro, era el modelo de todos los males, entre ellos el alcohólico. En Guatemala, una frase atribuida al Nobel Miguel Ángel Asturias es ahora vox populi:
“Para sobrevivir en Guatemala hay que estar loco o borracho”. He oído la frase atribuida a algún mexicano también o a cualquier país de América Latina. La frase es polisémica. Hasta ahora, esta dualidad enfrentada ha sido estigmatizada y romantizada en Centroamérica. En El Salvador, el consumo del alcohol ha tenido siempre una intersección muy profunda de género y clase. Entre el bebedor social y el borrachito de cuneta. Entre el sibarita y el bolo.





Bolos, opresiones y tecnologías
El poema “El Chaparro” de Ricardo Castrorrivas evidencia las capas históricas (y miserables) del consumo del alcohol en El Salvador. Es uno de mis poemas favoritos, las
razones son varias: plantea también la organización y vigilancia del Estado para regular los cuerpos, las mentes y los consumos del alcohol; e introduce, finalmente, al Estado y el gobierno como actores en esta narrativa de ciegos, locos y descalzos que consumen el alcohol más barato en los lugares más paupérrimos de una nación. La nación de la que hablamos es aquella que desde 1870 se proclama (o se grita, como malacopa) moderna y justa en la ley y es desigual, opresora y colonialista en su estructura y sus prácticas.
El chaparro es fermentado; el aguardiente, el guaro, es destilado. Hay ahí también principios de exclusión del conocimiento y la tecnologías sus prácticas y transmisiones,
sobre una modernización no solo de las ideas y las tecnologías, sino de las ideas y de la separación de clase. El guaro pasa por un proceso industrial, y es legal (con impuestos); el
chaparro, como la chicha, son realizados mediante procesos más tradicionales, y fueron incluso perseguidos por la ley. Véase la aparición de “policía chichera” en Cuentos de Barro de Salarrué.

III
Padres alcohólicos celebrados
El alcoholismo era, sin embargo, una de las características más fascinantes de los poetas bohemios de Centroamérica Rubén Darío, el príncipe de las letras hispanoamericanas era
alcohólico. El poeta hondureño Juan Ramón Molina murió del alcoholismo en San Salvador en 1908, luego de una larga depresión causada por la muerte de su esposa.
Alfredo Espino, enfant terrible, suicida y alcohólico, terminó con su vida en 1928. Estos poetas del romanticismo fueron elevados a la beatificación secular, como santos alcohólicos y poetas nacionales. La separación del sistema sexo género en el consumo del alcohol ha sido también importante en las historias literarias y las historias nacionales.
Otros tantos alcoholismos celebrativos de la masculinidad y la literatura estigmatizan a las mujeres que beben, como
las novelista Carson McCullers o la poeta Anne Sexton. Después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres fueron organizadas en la sociedad en los suburbios, en sus casitas y
el trabajo del hogar y cuidados, en ese orden el alcohol era celebrativo y masculino y el consumo de las mujeres era psiquiátrico, anormal y merecía la intervención de los fármacos.
Agradecimientos
Museografía: Mauricio KabistánDiseño: Dosemil
Apoyo: Òscar Moisés Díaz
Curaduría : Mauricio Kabistán y Lucy TomasinoRegistro: Guillermo Tomasino